Cartas dominicales

Carta Pastoral de Cuaresma: «Seremos creíbles si nos reconocemos como hermanos»

Queridos hermanos:
Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal como un tiempo de gracia y penitencia que nos prepara a vivir más intensamente el misterio central de nuestra fe que es la Pascua.
Nuestra fe, que está centrada en la persona de Jesucristo el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y espiritualidad. Y lo hacemos a la luz del Evangelio de Aquel en quien creemos, de Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y se reveló para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión.
En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios. De un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor que por nosotros murió y resucitó. En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad. Esta carta cuaresmal lleva por título, «Seremos creíbles si nos reconocemos como hermanos». El texto del Evangelio de San Juan nos ayuda a comprender la necesidad del amor a los hermanos: «Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que también ellos estén en nosotros para que el mundo crea que Tú me enviaste» (Jn 20,21). En esta reflexión cuaresmal buscaremos revisar cómo vivimos este pedido del Señor de reconocer al otro como hermano. Este mandato del Señor viene del Evangelio y es válido para todos los tiempos, pero, particularmente en el nuestro, tendremos que considerarlo especialmente. Amar a Dios y amar al prójimo será indispensable en esta época donde el contexto secularista rompe vínculos llevándonos a omitir a Dios y a ser indiferentes o incluso dañar a otros para sobrevivir en ámbitos excesivamente competitivos dominados por lo mercantil y el materialismo.
 
1. «QUE SEAN UNO»
El fundamento último del amor humano está dado en el mismo amor trinitario. De hecho, el evangelio de Juan resalta la expresión del Señor en el versículo que ilumina esta carta: «que sean uno como Tú, Padre, y yo, somos uno» y agrega algo fundamental: «para que el mundo crea». Como causa de credibilidad del anuncio, de nuestra acción evangelizadora, se pone la unidad. En efecto, Cristo ha venido a ser semejante en todo a nosotros para que nosotros seamos hijos en Él (Heb 2,10-17). Para que seamos hijos de Dios en sentido pleno, capaces de decirle «Abba», es decir, Padre. Somos también coherederos de Cristo porque somos ya sus hermanos (Rom 8,14-17).
 
2. «EL ESCÁNDALO DE LA DIVISIÓN»
En nuestros contextos sociales y aún en los propiamente eclesiales muchas veces parece diluirse el mandato de amar a nuestro prójimo. Nuestro tiempo está fuertemente ensombrecido por el secularismo y el materialismo que con frecuencia nos llevan al odio, a la violencia, a dañarnos los unos a los otros, o, nos impulsa a uno de los peores flagelos actuales: la indiferencia.
En esta carta cuaresmal no haremos un catálogo del escándalo de la división que se manifiesta de tantas maneras, pero sí, el tiempo de Cuaresma nos ayudará a que hagamos un buen examen de conciencia y a que nos planteemos seriamente si el Evangelio y su propuesta impregnan nuestra vida, nuestros criterios, nuestra manera de obrar, nuestras opciones, es decir, si impregnan nuestro estilo de vida.
Es cierto que cuando miramos el mundo, nuestro tiempo, -que no es ni peor ni mejor que otras épocas- vemos que está cargado de sombras de odio y de violencia, expresadas en guerras, terrorismo, racismo, discriminación y formas de autodestrucción, tan señalada en el suicidio por no considerar la ecología humana y la creación. Este suicidio se expresa en la agresión y autodestrucción de todas las formas de vida.
Necesitamos convertirnos y revisar aquello que cada uno puede hacer para no aumentar el daño ecológico al planeta y el daño ecológico humano desde nuestro estilo de vida.
 Podemos encontrar ejemplos bien concretos de esto para evaluarnos. Aquí, en nuestra provincia de Misiones y en la misma ciudad de Posadas vemos zonas transformadas en auténticos basurales. Se trata de lugares donde vive gente, donde transitan niños, jóvenes y adultos que van a sus hogares. Estos lugares, generalmente en barrios pobres, se generan porque hay gente que de forma escondida deja su basura ahí. Esto revela un desinterés por los hermanos quienes pareciera que se tienen que acostumbrar a convivir con la basura ajena. Probablemente podamos poner otros tantos ejemplos de lo que daña la convivencia y que se genera porque desconocemos al otro como nuestro hermano.
Quisiera que todos, pero especialmente los cristianos hagamos un examen de conciencia concreto sobre si reconocemos a los otros como nuestros hermanos. En nuestras comunidades cristianas y hasta en nuestra propia familia, muchas veces abunda el chisme, la calumnia que siempre es grave, y la difamación. En todos los casos es causa de daño y provoca escándalo y división. Nos cuesta reconocer los dones y virtudes de los otros. La envidia hace que veamos el bien del otro como un peligro, sin darnos cuenta de que todo don y bien es también un regalo a la comunidad y que a nosotros no nos quita nada. La valoración del otro, la reconciliación, el perdón dado y recibido, el estar atentos para alegrarnos con los gozos de la gente y para sufrir y acompañar sus dolores y sufrimientos, nos acerca al Buen Samaritano que no sólo se lamentó por el hombre herido que encontró en el camino, sino que, se hizo cargo de él, dándole aquello que necesitaba.
En este contexto dónde el secularismo y el materialismo se acentúan, en este tiempo cuaresmal tendremos que revisar nuestra vida para evitar caer en el flagelo de la indiferencia. Esto se traduce en el desinterés por el otro, el sólo buscar nuestro propio beneficio, incluso posicionándonos en situaciones de poder y tener para conseguir aquello que nos interesa sin ningún sentido ético. Y para ello, muchas veces se intenta justificar el logro de un fin a costa de cualquier medio, aun cuando ese medio sea malo y dañe a terceros inocentes. En todos los casos se expresa con claridad que no reconocemos al otro como nuestro hermano.
 
3. EJERCITARNOS EN LA CARIDAD
 Durante el tiempo cuaresmal que es un tiempo para volver a Dios, desde hace varios años nos hemos propuesto realizar como diócesis, como Pueblo de Dios, un gesto comunitario como fruto de nuestra conversión: la llamada colecta «del 1%». Se trata de nuestro aporte solidario repitiendo aquello que la Iglesia siempre hizo de ejercitar la comunión de bienes. Sabemos que lamentablemente la pobreza crece y que en todos nuestros pueblos y ciudades se multiplican formas de asentamientos precarios. Miles de familias viven gravemente formas de exclusión de todo tipo, también en la vivienda. Esta colecta está pensada para ayudar a mejorar viviendas precarias, a construir viviendas en situaciones de emergencia, a agregar alguna habitación o bien, a realizar y mejorar baños y letrinas. Tenemos que agradecer la solidaridad de nuestra gente manifestada en estos años, y nos seguimos sorprendiendo aún por el aporte generoso de tantos cristianos que son capaces de reconocer a sus hermanos especialmente entre los más necesitados.
Lamentablemente observamos que muchos cristianos padecen una ruptura entre la fe y el estilo de vida que llevan. Esto revela la necesidad de realizar un camino discipular y misionero. Esta realidad, que se da en todos los niveles culturales y sociales, se hace más grave cuando se da en aquellos cristianos que tienen responsabilidades sociales o ejercen algún rol de poder ignorando el compromiso que conlleva en todos los ámbitos de la vida social política y cultural. Algunos erróneamente creen cumplir como cristianos participando de alguna celebración ocasional, o bien, realizando algún gesto solidario aislado. La vida de fe para un cristiano debe impregnar todos sus actos, debe constituirse en un estilo de vida, implicando también sus criterios y opciones personales. Si no reconocemos al otro, sobre todo al pobre y excluido como nuestro hermano, tampoco podremos reconocer a Dios como un Padre misericordioso en nuestra propia vida. Este tiempo cuaresmal nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre como al hijo pródigo. Esta experiencia es Pascual, es la que nos impulsa a ser puentes del amor de Dios y a salir de nosotros mismos e ir hacia todos, especialmente hacia los más necesitados como testigos de la Pascua y de la esperanza.
 
Un saludo cercano como Padre y Pastor.
Miércoles de ceniza, 26 de febrero de 2020