Cartas dominicales

"Testigos de la Esperanza"

Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el tercer domingo de Pascua
[05 de mayo de 2019]
El Evangelio de este domingo nos vuelve a relatar otro encuentro del Señor Resucitado con sus discípulos, en este caso junto al mar de Tiberíades: «El discípulo que Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor!» (Jn 21,7). 
Estos encuentros fueron indispensables para la tarea evangelizadora de la Iglesia. En definitiva, la predicación de la Iglesia se fundamenta en este anuncio pascual: «El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir… Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen» (Hch 5,31-32). Esta certeza los llevó a no dudar en responder ante el Sanedrín que pretendía silenciar su predicación: «Pedro junto a los Apóstoles respondió: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Aun cuando este anuncio los llevaba a padecer castigos o persecución. Sin embargo, el texto bíblico señala el crecimiento de la Iglesia. El Señor había garantizado la presencia del Espíritu Santo hasta el fin de los tiempos. La certeza de nuestra esperanza se fundamenta en que Cristo resucitó y en el envío del Espíritu Santo a su Iglesia como principal agente de la evangelización. 
En nuestra Diócesis venimos desde hace varios años acentuando un camino de conversión y de comunión en orden a la misión. La razón de ser de la Iglesia y de nuestra Diócesis es Evangelizar. Es importante recordarlo en este tiempo pascual donde el encuentro con el Cristo resucitado debe animarnos en renovar nuestra condición de discípulos y misioneros. 
«El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien». (cfr. EG 2) El tiempo pascual nos anima a continuar con nuestro compromiso alegre de evangelizar. Sabemos que no es fácil. Hay muchos que expresan odio y hasta violencia contra los cristianos con descalificaciones y condenas calumniosas e injustas. Siempre en la evangelización hay una dimensión de Martirio y Pascua. Aun así, nadie nos puede quitar la alegría del Evangelio que la Iglesia anuncia desde hace dos mil años. 
Creo conveniente en el contexto de este tiempo Pascual en el que queremos ser testigos alegres de la esperanza, recordar rasgos espirituales y pastorales, que debemos tener los cristianos tanto a nivel personal, como en nuestras comunidades: «La Historia de la humanidad, a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo su mirada compasiva. Dios, ha amado tanto nuestro mundo que nos ha dado a su Hijo. Él anuncia la buena noticia del Reino a los pobres y a los pecadores. Por esto, nosotros, como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras. La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (Mt 9,35-36). Él, siendo el Señor, se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (Fil 2,8); siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (2Cor 8,9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros… En el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestro pueblo y, al mismo tiempo, su vocación a la libertad de los hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos. La Iglesia está al servicio de todos los seres humanos, hijos e hijas de Dios». (DA 30-32)
Deseo profundamente que podamos como Diócesis y como cristianos ser testigos de la Pascua”.
 
Un saludo cercano y hasta el próximo domingo.
 
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas