Cartas dominicales

EL TRIUNFO DE LA VIDA

Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el domingo de Pascua

El primer día de la semana de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba y le dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn 20,1-2). Se armó la confusión, todos corrieron; el sepulcro estaba vacío, las vendas tiradas en el piso, junto al sudario que había cubierto su cabeza. Todavía no habían comprendido que según las Escrituras, Él debía resucitar de entre los muertos.

Los Apóstoles por miedo e inseguridad estaban encerrados en un lugar de Jerusalén. El Señor resucitado se hizo presente en medio de ellos y les dio la paz. A estos pobres hombres el Señor había elegido para ser sus Apóstoles y los instituyó sacerdotes en la última cena: «Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que se entregará por ustedes. Hagan esto en memoria mía”» (Lc 22,19). En la última cena que celebramos el Jueves Santo, ya el Señor, estaba anticipando sacramentalmente la Pascua.

Necesitamos repasar estos momentos cruciales de la historia, que por el amor que Dios nos tiene, se transforman en historia de salvación de la humanidad. Este domingo celebramos el triunfo de la Vida sobre la muerte, la resurrección de Cristo. ¡Es la celebración de la Pascua y de la Esperanza! Quiero que nos detengamos a reflexionar sobre esta certeza de la fe, que tenemos los cristianos: Nuestra esperanza se fundamenta en que Cristo resucitó. Esta esperanza ¿cómo repercute en nuestra actitud de vida en las cosas cotidianas?

Sabemos que sostenernos en la esperanza no es fácil en un contexto marcado por una crisis de época. Las consecuencias de esa crisis que puede desesperanzarnos también se encuentran en búsquedas desviadas de Dios; en la multiplicación de falsas propuestas religiosas que mienten y dañan la sana religiosidad de nuestro pueblo; en el secularismo de los «megamedios» que entran en nuestros hogares con nuestro consentimiento; o, en la multiplicidad de propuestas supersticiosas o mágicas. También puede desesperanzarnos el percibir que el crecimiento económico alcanza a algunos, y otros sectores que significan grandes porcentajes de nuestra sociedad, solo sobreviven y quedan excluidos de un circuito competitivo y cruelmente exigente. ¿Cómo se rompe el circuito de la pobreza de aquellos que sin culpa padecieron la desnutrición en la infancia, o bien el acceso a la educación o la salud?

A los signos de la cultura de la muerte también se suman, la fragilidad en la que viven tantos niños, adolescentes y jóvenes por contextos no incluyentes en el trabajo y educación; y por el flagelo de estructuras de corrupción como la droga que los dañan gravemente. Todos tendremos que sentirnos responsables de transformar estas situaciones de muerte en Vida. En la Semana Santa y en el Misterio Pascual celebramos el misterio de la muerte y de la Vida. Aunque haya muchos signos de muerte, tenemos la certeza de la Vida, de la resurrección de Cristo. Por esta poderosa razón ¡no claudicamos en la Esperanza!

La esperanza cristiana reclama un fuerte compromiso personal y social, y nos lleva a ser protagonistas y responsables para que las cosas anden mejor. Cada uno desde su propia realidad y con sus propios problemas, debe participar. La frase ¡para qué meterse si esto no va a cambiar! es contraria a la esperanza cristiana.

Tampoco fue fácil para los Apóstoles y discípulos de Jesús. Padecieron, y mucho. Durante este tiempo pascual leeremos textos de los hechos de los Apóstoles en la Biblia, de la Iglesia en sus primeros pasos. La experiencia de Jesucristo resucitado que aseguró: «Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,2) llevó a estos discípulos de los primeros tiempos y a tantos santos y mártires de ayer y de hoy a ser testigos de la esperanza.

¡Como Obispo y Pastor les envío un saludo cercano y Pascual!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas